Seguramente tratando de persuadir al verdugo de turno, o recitando un poema para aligerar el tránsito. El fuego sagrado palpitaba en mis entrañas hasta que se volvió el grito que respira.
Dicen que la mueca que tenemos sobre los labios, bajo la nariz, es la huella que un ángel nos deja cuando nos restaura al silencio, justo antes de nacer. Yo logré distraer al mío con alguna disertación apasionada.
Puede que así como heredé el cabello de Julieta o la cara de José Manuel, circule en mi el gen locuaz de mi tío Andrés o tenga abierta la puerta al inconsciente colectivo de Jung. A falta de interlocutores tenaces me vi obligada a inventarlos,
contaba mi madre que pasabas horas hablando sola en el balcón donde jugaba.
El caso es que volvía loca a mi madre de quien recuerdo frases como: Julie no hables tanto que fastidias a la gente o anota tus preguntas y se las haces a tu papá. Mis cuestiones la aturdían, como agobio en la actualidad a mis compañeras del máster que en confianza han llegado a pedirme que me calle. Con mi hermana Daniela conservamos un repertorio de palabras torpemente pronunciadas al inicio, su "que fatidio" aún nos hace reír. Yo siempre expresé mis necesidades con corrección.
En la adolescencia me hicieron un test de aptitudes y destaqué en las relativas
al lenguaje cuando se lo comuniqué a Julieta ella comentó: Eso te lo pude haber dicho yo.
No me reconozco en la lengua materna, por el contrario, mi madre seguramente preparándome para mi probable rol en el patriarcado, trató de silenciarme.
viernes, 26 de febrero de 2010
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